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La dimensión trágica de Porlier

Quien sostenga que Charles-Louis de Secondat, barón de La Bréde y de Montesquieu, ha muerto, nunca logrará comprender la figura histórica del mariscal de campo Juan Díaz Porlier en lo que, al igual que el "Esprit des lois", contiene de denuncia del despotismo y de vindicación de la libertad y la tolerancia, características que en la conducta histórica de "El Marquesito" descuellan aún más que la de haber sido un héroe de la Guerra de la Independencia española.

Esta carga ideológica de Porlier, que en contra de lo que se afirmó en su tiempo no era hijo natural del marqués de la Romana, sino del de Bajamar, resulta ininteligible sin la persona de Fernando VII, el rey achulapado y golpista, el Borbón más nefasto de la historia de España, que tantas lágrimas y sangre hizo derramar a este país al que nunca amó, como no fuese en su consideración del mismo como un patrimonio personal.

El 4 de mayo de 1814, el rey Fernando, al que unos meses antes Napoleón I, cansado de jugar con ella, había devuelto la corona de España por el Tratado de Valençay, apoyado por el capitán general Francisco Javier Elío, ejecutó un coup d'etat largamente preparado, promulgando el Decreto de abolición de toda la obra de las Cortes de Cádiz, abrogando la Constitución de 1812 y dando paso a una persecución indiscriminada contra los liberales doceañistas, a resultas de la que Juan Díaz Porlier fue encarcelado en el castillo de San Antón, en la bahía de La Coruña.

El joven mariscal de campo, que siendo casi un niño había combatido como guardiamarina en la batalla naval de Cabo Trafalgar y, falta España de barcos, ingresó en el Ejército, se hallaba desde tiempo muy unido a la ciudad gallega, en donde durante la Guerra de la Independencia había organizado sus cuerpos volantes, que operaron con notable éxito en la retaguardia del enemigo, en Asturias, Santander y el País Vasco, hasta el punto de que algún historiador, como Emilio González López, le considera el jefe militar que desempeñó más decisivo papel en la contienda, al final de la que contaba 26 años de edad.

Por contra, los destinos nacionales habían pasado a ser dirigidos por nuevos ministros del golpista Fernando, como Pedro de Macanaz, el de Gracia y Justicia, que vendía en su provecho los oficios públicos, o el teniente general Francisco de Eguía, ministro de la Guerra, considerado el hombre más bruto y vacío de todos los absolutistas.

Y aunque la pretensión jurídica del nuevo Estado se traducía en sus formas en un regreso a 1808, de facto el país había caído bajo una dictadura militar sangrienta que poseía su base práctica en el mantenimiento de los privilegios seculares, la retórica en la "alianza entre trono y altar" y el desprecio a los "afrancesados", palabra que se impuso con el carácter de antipatriota y con la que se llegó a designar tanto a los colaboracionistas con los franceses como a los liberales doceañistas patriotas.

La realidad era muy distinta, pues desde los primeros momentos se produjo un sorprendente entendimiento entre los antiguos colaboracionistas y los patriotas reaccionarios.

En el terreno de lo personal, las creencias de Juan Díaz Porlier como defensor del régimen constitucional eran compartidas en su entorno familiar más íntimo, ya que había contraído matrimonio con Josefina Queipo de Llano, hermana del conde de Toreno, distinguido liberal representante de Asturias en las Cortes de Cádiz, dama que sentía una profunda devoción por su marido y participaba de sus ideales.

Por todo ello, la presencia de Porlier en La Coruña, uno de los centros principales del liberalismo español, contribuyó a reforzar las posiciones de los doceañistas coruñeses, en su mayoría comerciantes, miembros de profesiones liberales, funcionarios y algunos militares de clase burguesa, según aparecen en la "Lista de los enemigos más furiosos de la Religión y del Rey que hay en La Coruña" enviada a Pedro de Macanaz en seguimiento de sus propias instrucciones de política represiva; muchos de los cuales, como Marcial del Adalid, pertenecían al coruñés Club de la Esperanza.

La acción de Porlier el día 19 de septiembre de 1815, aceptando encabezar con su prestigiosa figura a los liberales coruñeses y proclamando la Constitución de 1812, significa en primer lugar que no se trató de un pronunciamiento al uso de los que más tarde abundarán en la Historia de España, sino de un contragolpe de Estado, siendo, por otra parte, no una acción de carácter militar, sino de contenido e impulso fundamentalmente civiles, como se demuestra por las listas de los detenidos durante la represión que siguió al fracaso, en las que figuran más paisanos que militares.

A pesar del carácter moderado del manifiesto que dirigió a la nación española, el día 23 de octubre del mismo año los coruñeses contemplaron con horror cómo Porlier, víctima de la traición, ascendía al cadalso con la serenidad de un héroe romántico, siendo el único de los alzados que pagó por ello con la vida, mientras su esposa era encarcelada en el convento de las Agustinas, en Betanzos, de donde fue posteriormente liberada por la triunfante Revolución de 1820 y llevada en el desfile de los liberales coruñeses como uno de sus principales símbolos.

El transcurso de "los mal llamados años" demostró el principal efecto de la valerosa acción del mariscal de campo: el triunfo revolucionario en Galicia, decisivo para España toda, que dio inicio al Trienio liberal.

Supuesta la existencia de una tradición, en el sentido de que la Constitución de Cádiz no es el fruto de la improvisación ni de una moda, ya que recogió no solamente las luces de la Ilustración sino también la tradición libertaria histórica de la lucha social contra el poder despótico, el gesto de Juan Díaz Porlier en La Coruña de 1815 fue fecundo y mostró la exacta dimensión del hombre y de su tiempo.

Porque, como ha señalado Lionel Trilling, y yo enteramente suscribo, en la historia como en la literatura, la dimensión trágica de un hombre no depende del éxito o del fracaso de su acción, pues el héroe trágico de una cultura, el paradigma de una tradición nacional, es el hombre que encarna el conflicto entre la persona y la sociedad.

 

Ricardo García Míguez.

GALICIA, EL ESTADO Y LA LIBERTAD.

Edicións do Castro. 1992.

 

 

© Ricardo García Míguez.

Reservados todos los derechos.

 

 

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